Hábito de Lectura

Lectura Slideshow Slideshow

Lectura Slideshow: "Genaro’s trip to San Marcos de Tula (near Tula de Allende), Central Mexico and Gulf Coast, Mexico was created by TripAdvisor. See another Tula de Allende slideshow. Create a free slideshow with music from your travel photos.

lunes, 3 de diciembre de 2012

La Hojarasca cap 9 Gabriel García Márquez




9
Frío, silencioso, dinámico, el candado elabora su herrumbre. Adelaida lo puso en el cuartito
cuando supo que el doctor se vino a vivir con Meme. Mi esposa consideró esa mudanza como un triunfo suyo, como la culminación de una labor sistemática, tenaz, iniciada por ella desde el mismo momento en que yo dispuse que él viviera entre nosotros. Diecisiete años después, el candado sigue guardando el aposento.Si en mi actitud, inmodificada durante ocho años, pudo haber algo indigno a los ojos de los hombres, o ingrato a los de Dios, mi castigo iba a sobrevenir mucho antes de mi muerte. Tal vez me correspondía expiar en la vida lo que yo consideré como un deber de humanidad, como una obligación cristiana. Porque no había empezado a acumularse la herrumbre en el candado
cuando Martín estaba en mi casa con una cartera atiborrada de proyectos, de cuya autenticidad
nada he podido saber, y la firme disposición de casarse con mi hija. Llegó a mi casa con un
saco de cuatro botones, segregando juventud y dinamismo por todos los poros, envuelto en
una luminosa atmósfera de simpatía. Se casó con Isabel en diciembre, hace ahora once años.
Han transcurrido nueve desde cuando se fue con la cartera llena de obligaciones firmadas por
mí, y prometió volver tan pronto corrió realizara la operación que se había propuesto y para la
cual contaba con el respaldo de mis bienes. Han transcurrido nueve años pero no por ello
tengo derecho a pensar que era un estafador. No tengo derecho a pensar que su matrimonio fue apenas una coartada para persuadirme de su buena fe.
Pero ocho años de experiencia habían servido de algo. Martín habría ocupado el cuartito. Adelaida se opuso. Su oposición fue esta vez férrea, decidida, irrevocable. Yo sabía que mi mujer
no habría tenido el menor inconveniente en arreglar la caballeriza como una alcoba nupcial, antes de permitir que los desposados ocuparan el cuartito. Esta vez acepté sin vacilaciones su
punto de vista. Ése era mi reconocimiento a su triunfo aplazado durante ocho años. Si ambos
nos equivocamos al confiar en Martín, corre como error compartido. No hay triunfo ni derrota
para ninguno de los dos. Sin embargo, lo que venía después estaba más allá de nuestras
fuerzas, era como los fenómenos atmosféricos anunciados en el almanaque, que han de cumplirse fatalmente.
Cuando le dije a Meme que abandonara nuestra casa, que siguiera el rumbo que consideraba
más conveniente a su vida; y después, aunque Adelaida me echó en cara mis debilidades y flaquezas, yo he podido rebelarme, imponer mi voluntad por encima de todo (siempre lo había
hecho así) y ordenar las cosas a mi manera.
Pero algo me indicaba que era impotente ante el curso que iban tomando los acontecimientos.
No era yo quien disponía las cosas en mi hogar, sino otra fuerza misteriosa, que ordenaba el
curso de nuestra existencia y de la cual no éramos otra cosa que un dócil e insignificante instrumento. Todo parecía obedecer entonces al natural y eslabonado cumplimiento de una
profecía.
Por la manera como abrió Meme el botiquín (en su fondo, todo el mundo debía saber que una
mujer laboriosa que de la noche a la mañana pasa a ser concubina de un médico rural, termina,
tarde o temprano, atendiendo un botiquín) supe que él había logrado acumular en nuestra casa
mayor cantidad de dinero de la que habría podido calcularse, y que lo tenía en la gaveta, en
billetes y monedas sin manosear, que tiraba al descuido en la caja desde los tiempos en que
atendió a las consultas.
Cuando Meme abrió el botiquín, se suponía que él estaba aquí, en la trastienda, acorralado
quién sabe por qué implacables bestias proféticas. Se sabía que no tomaba alimentos de la
calle, que había plantado un huerto y que Meme compraba durante los primeros meses un
pedazo de carne, para ella, pero que un año después había desistido de esa costumbre, quizá
porque el contacto directo con su hombre terminó por volverla vegetariana. Entonces se
encerraron los dos, hasta cuando las autoridades forzaron las puertas, registraron la casa y
picaron el huerto, tratando de localizar el cadáver de Meme.
Se suponía que estaba aquí, encerrado, meciéndose en su hamaca vieja y raída. Pero yo
sabía, aun en esos meses en que no se esperó su retorno al mundo de los vivos, que su impenitente encierro, su sorda batalla con la amenaza de Dios había de culminar mucho antes de
que sobreviniera su muerte. Sabía que tarde o temprano había de salir, porque no hay hombre
que pueda vivir media vida en el encierro, alejado de Dios, sin salir intempestivamente a
rendirle al primer hombre que encuentre en la esquina, sin el menor esfuerzo, las cuentas que
ni los grillos y el cepo; ni el martirio del fuego y el agua; ni la tortura de la cruz y el torno; mi la
madera y los hierros candentes en los ojos y la sal eterna en la lengua y el potro de los
tormentos; ni los azotes y las parrillas y el amor, le habrían hecho rendir a sus inquisidores. Y
esa hora vendría para él, pocos años antes de su muerte.
Yo conocía esa verdad desde antes, desde la última noche en que conversamos en el corredor,
y después, cuando lo busqué en el cuartito para que atendiera a Meme. ¿Habría podido yo
oponerme a su deseo de vivir con ella, en calidad de marido y mujer? Antes tal vez habría
podido. Ahora no, porque otro capítulo de la fatalidad había empezado a cumplirse desde hacía
tres meses.
Esa noche no ocupaba la hamaca. Se había tendido de espaldas en el catre y yacía con la
cabeza echada hacia atrás, fijos los ojos en el lugar en que habría estado el techo de ser más
intensa la luz de la palmatoria. Tenía bombilla eléctrica en el cuarto pero nunca la usó. Prefería
yacer en la penumbra, con los ojos fijos en la oscuridad. No se movió cuando entré en la
habitación, pero advertí que desde el momento en que pisé el umbral empezó a no sentirse
solo. Entonces dije: «Si no es mucha molestia, doctor. Parece que la guajira no se siente bien.»
Él se incorporó en la cama. Un momento antes no se sentía solo en la habitación,  Ahora sabía
que era yo quien se encontraba en ella. Sin duda eran dos sensaciones enteramente distintas,
porque sufrió una inmediata trans formación, se alisó el cabello y permaneció sentado al borde
de la cama, esperando.
—Es Adelaida, doctor. Desea que usted vaya a ver a Meme —dije.
Y él, sentado, con su parsimoniosa voz de rumiante, me respondió con un impacto:
—No será necesario. Lo que pasa es que ella está embarazada.Después se inclinó, hacia adelante, pareció examinar mi rostro, y dijo: «Hace años que Meme
se acuesta conmigo.»
Debo confesar que no me sentí sorprendido. No sentí desconcierto, perplejidad ni cólera.
No sentí nada. Tal vez su confesión era demasiado grave, a mi modo de ver, y se salía de los
cauces normales de mi comprensión. Yo continuaba quieto, de pie, inmutable, tan frío como él,
como su parsimoniosa voz de rumiante. Des pués, cuando transcurrió un silencio largo y él
estaba todavía sentado en el catre, sin moverse, como esperando a que yo tomara la primera
determinación, comprendí en toda su intensidad lo que él acababa de decirme. Pero entonces
era demasiado tarde para desconcertarme.
—Desde luego que us ted se da cuenta de la situación, doctor. —Esto fue todo lo que pude
decir. Él dijo:
—Uno toma sus precauciones, coronel. Cuando se corre un riesgo, uno sabe cómo lo corre. Si
algo falla es porque había algo imprevisto, fuera del alcance de uno.
Yo conocía esa clase de rodeos. Como siempre ignoraba adonde pensaba llegar. Rodé una
silla y me senté frente a él. Entonces abandonó el catre, apretó la hebilla del cinturón, se subió
y ajustó los pantalones. Desde el extremo del cuarto siguió hablando. Dijo:
—Tan cierto es que he tomado mis precauciones, que es la segunda vez que está
embarazada. La primera fue hace año y medio y uste des no pudieron darse cuenta de nada.
Seguía hablando sin emoción, moviéndose otra vez hacia el catre. En la oscuridad yo sentía
sus pasos lentos y firmes sobre el enladrillado. Decía:
—Pero era que entonces ella estaba dispuesta a todo. Ahora no. Hace dos meses me dijo que
otra vez estaba encinta y yo le dije lo mismo que en la primera ocasión: ven esta noche para
prepararte lo mismo. Ella me dijo ese día que ahora no, que al día siguiente. Cuando fui a
tomar el café a la cocina, le dije que la estaba esperando, pero ella dijo que no volvería jamás.
Había llegado frente al catre, pero no se sentó. Me dio de nuevo la espalda e inició otra vuelta
alrededor del cuarto. Yo le oía hablar. Sentía el flujo y el reflujo de su voz, como si me hablara
mientras se mecía en la hamaca. Decía las cosas con calma, pero con seguridad. Yo sabía que
habría sido inútil tratar de inte rrumpirlo. Lo oía nada más. Y él decía:
—Sin embargo, vino dos días después. Yo tenía todo preparado. Le dije que se sentara ahí y
fui a la mesa por el vaso. Entonces, cuando le dije tómatelo, fue cuando me di cuenta que esta
vez no lo haría. Me miró sin sonreír y dijo con un tonito de crueldad: «Éste no lo voy a botar,
doctor. Éste lo voy a parir para
criarlo.»
Yo me sentí exasperado por su serenidad. Le dije: «Eso no justifica nada, doctor. Usted no ha
hecho otra cosa que una acción indigna dos veces; primero por las relaciones dentro de mí
propia casa, después por el aborto.»
—Pero usted ha visto que hice todo lo que podía, coronel. Era lo más que podía hacer.
Después, cuando vi que la cosa no tenía remedio, me dispuse a hablar con usted. Iba a hacerlo
un día de éstos.
—Supongo que usted sabe que sí hay un remedio para esta clase de situaciones, cuando
realmente se quiere lavar la afrenta. Usted sabe cuáles son los principios de quienes vivimos
en esta casa —dije.
Y él dijo:
—No quiero ocasionarle ninguna molestia, coronel. Créamelo. Lo que iba a decirle era esto: me
llevaré a la guajira a vivir en la casa que está desocupada en la esquina.
—En concubinato público, doctor —dije yo—. ¿Sabe lo que eso significa para nosotros?
Él retornó entonces al catre. Se sentó, se inclinó hacia adelante y habló con los codos apoyados en los muslos. Su acento se tornó diferente. Al principio era frío. Ahora empezaba a ser
cruel y desafiante. Dijo:
—Estoy proponiéndole la única solución que no le crearía a usted ninguna incomodidad,
coronel. La otra sería decir que el hijo no es mío.
—Meme lo diría —dije yo. Empezaba a sentirme indignado. Su manera de expresarse, ahora
resultaba demasiado desafiante y agresiva para que yo la recibiera con serenidad. Pero él,
duro, implacable, dijo:
Créame con absoluta seguridad que Meme no lo diría. Porque estoy seguro de eso le digo
que me la llevaré a la esquina, sólo para evitarle inconvenientes a usted. Nada más, coronel.
Con tanta seguridad se había atrevido a negar que Meme pudiera atribuirle la paternidad de su
hijo, que me sentí ahora sí desconcertado. Algo me hacía pensar que su fuerza estaba
arraigada mucho más abajo de las palabras.
Dije:—Nosotros confiamos en Meme como en nuestra hija, doctor. En este caso, ella estaría de
nuestra parte.
—Si usted supiera lo que yo sé, no hablaría en esa forma, coronel. Perdone que se lo diga así,
pera si usted compara a la india con su hija, ofende a su hija.
—Usted no tiene motivos para decir eso
—dije yo.
Y él respondió, todavía con esa amarga dureza en la voz: «Los tengo. Y cuando le digo que
ella no puede decir que yo soy el padre de su hijo, también tengo motivos para eso.»
Echó la cabeza hacia atrás. Respiró hondo,
dijo:
—Si usted tuviera tiempo para vigilar a Meme cuando sale de noche, ni siquiera me exigiría que
la lleve conmigo. En este caso el que corre el riesgo soy yo, coronel. Me echo encima un
muerto para evitarle incomodidades.
Entonces comprendí que no pasaría con Meme ni por las puertas de la iglesia. Pero lo grave es
que, después de sus últimas palabras, yo no me habría arriesgado a correr con lo que más
tarde habría podido ser una tremenda carga para la conciencia. Había varias cartas a mi favor.
Pero la única que él tenía le habría bastado para hacer una apuesta contra mi conciencia.
—Muy bien, doctor dije—. Esta misma noche me encargaré de que le arreglen la casa de la
esquina. Pero, de todos modos, quiero dejar constancia de que lo echo de mi casa, doctor.
Usted no sale por su propia voluntad. El coronel Aureliano Buendía le habría hecho pagar bien
cara la forma en que usted corresponde a su confianza.
Y cuando yo esperaba haber soliviantado sus instintos y aguardaba el desencadenamiento de
sus oscuras fuerzas primarias, él me echó encima todo el peso de su dignidad.
—Usted es un hombre decente, coronel —dijo—. Todo el mundo lo sabe y he vivido en esta
casa lo suficiente como para que usted no necesite recordármelo.
Cuando se puso en pie, no parecía triunfante. Parecía apenas satisfecho de haber podido corresponder a nuestras atenciones de ocho años. Era yo quien se sentía trastornado, culpable.
Esa noche, viendo los gérmenes de la muerte que hacían visibles progresos en sus duros ojos
amarillos, comprendí que mi actitud era egoísta y que por esa sola mancha de mi conciencia
me correspondería sufrir en el resto de mi vida una tremenda expiación. Él, en cambio, estaba
en paz consigo mismo; decía:
—En cuanto a Meme, que le den fricciones con alcohol. Pero que no la purguen.
10
Mi abuelo ha vuelto junto a mamá. Ella está sentada, completamente abstraída. El traje y el
sombrero están aquí, en la silla, pero en ellos mi madre ha dejado de estar. Mi abuelo se acerca, la ve abstraída, y mueve el bastón frente a sus ojos, diciendo: «Despierte, niña.» Mi madre
ha pestañeado, ha sacudido la cabeza. «¿En qué está pensando?», dice mi abuelo. Y ella,
sonriendo laboriosamente: «Estaba pensando en El Cachorro.»
Mi abuelo se sienta otra vez junto a ella, la barba apoyada en el bastón. Dice: «Qué casualidad.
Yo venía pensando lo mismo.»
Ellos entienden sus palabras. Hablan sin mirarse, mamá estirada en el asiento, dándose
palmaditas en el brazo, y mi abuelo sentado junto a ella, todavía con la barba apoyada en el
bas tón. Pero aun así se entienden sus palabras, como nos entendemos Abraham y yo cuando
vamos a ver a Lucrecia.
Yo le digo a Abraham: «Ahora teco tacando.» Abraham camina siempre adelante, como a tres
pasos delante de mí. Sin volverse a mirar, dice: «Todavía no, dentro de un momento.» Y yo le
«digo: «Cuando teco alcutana viene revienta.» Abraham no vuelve la cara, pero yo lo siento reír 
en voz baja con una risa tonta y simple que es como el hilo de agua que queda temblante» en
los belfos del buey, cuando acaba de beber. Dice: «Eso debe ser como a las cinco.» Corre un
poco más y di ce: «Si vamos ahora puede reventar alcutana.» Pero yo insisto: «De todos
modos, siempre está teco tacando.» Y él se vuelve hacia mí y echa a correr, diciendo: «Bueno,
entonces vamos.»
Para ver a Lucrecia hay que pasar cinco patios llenos de árboles y zanjas. Hay que pasar por la
paredilla verde con lagartos, donde antes cantaba el enano con voz de mujer. Abraham pasa
corriendo, brillando como una hoja de metal bajo la claridad fuerte, con los talones acosados
por los ladridos del perro. Luego se detiene. En ese momento estamos frente a la ventana.
Decimos: «Lucrecia», poniendo la voz como si Lucrecia estuviera dormida. Pero está despierta, sentada en la cama, sin zapatos, con un ancho camisón blanco y almidonado que la cubre
hasta los tobillos.
Cuando hablamos, Lucrecia levanta la vista la hace girar por el cuarto y clava en nosotros un
ojo redondo y grande, como el de un alcaraván. Entonces se ríe y empieza a moverse hacia el
centro del cuarto. Tiene la boca abierta y los dientes recortados y menudos. Tiene la cabeza
redonda, con el cabello cortado como el de un hombre. Cuando llega al centro deja de reír, se
agacha y mira hacia la puerta, hasta cuando las manos le llegan a los tobillos y, lentamente,
empieza a levantarse la camisa, con una lentitud calcul ada, a un tiempo cruel y desafiante.
Abraham y yo seguimos asomados a la ventana mientras Lucrecia se levanta la camisa, los
labios estirados en una mueca jadeante y ansiosa, fijo y resplandeciente su enorme ojo de
alcaraván. Entonces vemos el vientre blanco que más abajo se convierte en un azul espeso,
cuando ella se cubre la cara con el camisón y permanece así, estirada en el centro del
dormitorio, las piernas juntas y apretadas con una temblorosa fuerza que le sube de los
talones. De pronto se descubre la cara violentamente, nos señala con el índice, y el ojo luminoso salta de su órbita, en medio de los terribles aullidos que resuenan por toda la casa. Entonces se abre la puerta del cuarto y sale gritando la mujer: «Por qué no le van a joder la paciencia
a su madre.»
Hace días que no vamos a ver a Lucrecia. Ahora vamos al río por el camino de las plantaciones. Si salimos temprano de esto, Abraham estará esperándome. Pero mi abuelo no se
mueve. Está sentado junto a mamá, con la barba apoyada en el bastón. Yo me quedo
mirándolo, examinando sus ojos detrás de los cristales, y él debe sentir que lo miro porque de
pronto suspira con fuerza, se sacude y dice a mi madre con la voz apagada y triste: «El
Cachorro los habría hecho venir a correazos.»
Después se levanta de la silla y camina hacia donde está el muerto.
Es la segunda vez que vengo a este cuarto. primera, hace diez años, las cosas estaban el
mismo orden. Es como si él no hubiera vuelto a tocar nada desde entonces, o como si desde
esa remota madr ugada en que se vino a vivir con Meme no hubiera vuelto a ocuparse de su
vida. Los papeles estaban en este mismo lugar. La mesa, la ropa escasa y ordinaria, todo
ocupaba el mismo lugar que hoy ocupa. Como si hubiera sido ayer cuando El Cachorro y yo
vinimos a concertar la paz entre este hombre y las autoridades.
Para entonces, la compañía bananera había acabado de exprimirnos, y se había ido de Ma ndo
con los desperdicios de los desperdicios que nos había traído. Y con ellos se había ido la
hojarasca, los últimos rastros de lo que fue el próspero Macondo de 1915. Aquí quedaba una
aldea arruinada, con cuatro almacenes pobres y oscuros; ocupada por gente cesante y
rencorosa, a quien atormentaban el recuerdo de un pasado próspero y la amargura de un
presenté agobiado y estático. Nada había entonces en el porvenir salvo un tenebroso y
calmante domingo electoral.
Seis meses antes, un pasquín amaneció clavado a las puertas de esta casa. Nadie se intereso
por él y aquí estuvo clavado durante mucho tiempo, hasta cuando las lloviznas finales lavaron
sus oscuros caracteres, y el papel desapareció arrastrado por los últimos vientos de febrero.
Pero a fines de 1918, cuando la cercanía de las elecciones hizo pensar al gobierno en la
necesidad de mantener despierto e irritado el nerviosismo de sus electores, alguien habló a las
nuevas autoridades de este médico solitario, de cuya existencia hacía mucho tiempo que
habría podido dar testimonio verídico. Debió decírseles que durante los primeros años la india
que vivía con él atendió un botiquín que participó de la misma prosperidad que en aquellos
tiempos favoreció aún a las más insignificantes actividades de Macondo. Un día (nadie
recuerda en qué fecha, ni siquiera en qué año) la puerta de la tienda no se abrió. Se suponía
que Meme y el doctor seguían viviendo aquí, encerrados, alimentándose con las legumbres
que ellos mismos cultivaban en el patio. Pero en el pasquín que apareció en esta esquina se
decía que el médico asesinó a su concubina y le dio sepultura en el huerto, por temor de que el
pueblo se valiera de ella para envenenarlo. Lo inexplicable es que se dijera eso, en una época
en que nadie habría tenido motivos para tramar la muerte del doctor. Me parece que las
autoridades se habían olvidado de su existencia, has ta ese año en que el gobierno reforzó la
policía y el resguardo con hombres de su confianza. Entonces se desenterró la olvidada
leyenda del pasquín y las autoridades violaron esas puertas, registraron la casa, picaron: el
patio y sondearon el excusado tratando de localizar el cadáver de Meme. Pero no encontraron
ni un solo rastro de ella.
En esa ocasión habrían arrastrado al doctor lo habrían atropellado y seguramente habría sido
un sacrificio más, en la plaza pública y en nombre de la eficacia oficial. Pero El Cachorro
intervino, fue a mi casa y me invitó a visitar al doctor, seguro de que yo obtendría de él unaexplicación satisfactoria.
AI entrar por la trasera, sorprendimos los escombros de un hombre abandonados en la
hamaca. Nada en este mundo debe ser más tremendo que los escombros de un hombre. Y lo
eran mucho más los de este ciudadano de ninguna parte que se incorporó en la hamaca
cuando nos vio entrar, y parecía él mismo recubierto por la costra de polvo que cubría todas las
cosas del cuarto. Tenía la cabeza acerada y todavía sus duros ojos amarillos conservaban la
poderosa fuerza interior que les conocí en mi casa. Yo tenía la impresión de que si lo
hubiéramos rozado con la uña el cuerpo se habría desquebrajado, convertido en un montón de
aserrín humano. Se había cortado el bigote, pero no se rasuraba a ras de piel. Se deshacía
de la barba con tijeras, así que su mentón no parecía sembrado de tallos duros y vigorosos,
sino de pelusillas suaves y blancas. Viéndolo en la hamaca, yo pensaba: Ahora no parece un
hombre. Ahora parece un cadáver al que todavía, no se le han muerto los ojos.
Cuando habló, su voz fue la misma parsimoniosa voz de rumiante que trajo a nuestra casa, Dijo
que no tenía nada que decir. Dijo, como si creyera que lo ignorábamos, q ue la policía había
violado las puertas y había picado el patio sin su consentimiento. Pero aquello no era una
protesta. Era apenas una quejumbrosa y melancólica confidencia.
En cuanto a lo de Meme, nos dio una explicación que habría podido parecer pueril, pero
que fue dicha por él con el mismo acento con que habría dicho su verdad. Dijo que Meme se
había ido, eso era todo. Cuando cerró la tienda empezó a fastidiarse en la casa. No hablaba
con nadie, no tenía comunicación alguna con el mundo exterior. Dijo que un día la vio
arreglando la maleta y no le dijo nada. Dijo que todavía no le dijo nada cuando la vio con el
vestido de calle, los tacones altos y la maleta en la mano, parada en el vano de la puerta pero
sin hablar, apenas como si se estuviera mostr ando así, arreglada, para que él supiera que se
iba. «Entonces —dijo— me levanté y le di el dinero que quedaba en la gaveta.»
Yo le dije: «¿Cuánto tiempo hace, doctor?»
Y él dijo: «Calcúlelo por mi cabello. Era ella quien me lo cortaba.»
El Cachorro habl ó muy poco en esa visita. Desde su entrada a la habitación parecía impresionado por la visión del único hombre que no conoció en quince años de estar en Macondo.
Esta vez me di cuenta (y mejor que nunca, acaso porque el doctor se había cortado el bigote)
del extraordinario parecido de esos dos hombres. No eran exactos, pero parecían hermanos. El
uno era varios años mayor, más delgado y escuálido. Pero había entre ellos la comunidad de
rasgos que existe entre dos hermanos, aunque el uno se parezca al padre y el otro a la madre.
Entonces me acordé de la última noche en el corredor. Dije:
—Éste es El Cachorro, doctor. Alguna vez usted me prometió visitarlo.
Él sonrió. Miró al sacerdote y dijo: «Es verdad, coronel. No sé por qué no lo hice.» Y siguió
mirándolo, examinándolo, hasta cuando El Cachorro habló.
— Nunca es tarde para quien bien comienza - dijo — . Me gustaría ser su amigo.
En el acto me di cuenta de que frente al extraño, El Cachorro había perdido su fuerza habitual.
Hablaba con timidez, sin la inflexible seguridad con que su voz tronaba en el pulpito, leyendo
en tono trascendental y amenazante las predicciones atmosféricas del almanaque Bristol.
Ésa fue la primera vez que se vieron. Y fue también la última. Sin embargo, la vida del doctor
se prolongó hasta esta madrugada porque el Cachorro intervino otra vez a su favor la noche en
que le suplicaron que atendiera a los heridos y él ni siquiera abrió la puerta, y le gritaron esa
terrible sentencia cuyo cumplimiento yo me encargaré ahora de impedir.
Nos disponíamos a abandonar la casa cuando me acordé de algo que desde hacía años
deseaba preguntarle. Dije a El Cachorro que yo seguiría aquí, con el doctor, mientras él
intercedía ante las autoridades. Cuando estuvimos solos, le dije:
- Dígame una cosa, doctor: ¿Qué fue de la criatura? El  no modificó la expresión. «¿Qué
criatura, coronel?», dijo. Y yo le dije: «La de ustedes. Meme estaba encinta cuando salió de mi
casa.» Y el tranquilo, imperturbable:
— Tiene razón, coronel. Hasta me había olvide de eso.
Mi padre ha permanecido silencioso. Luego ha dicho: «El Cachorro los habría hecho venir a
correazos.» Los ojos de mi padre manifiestan una frenada nerviosidad. Y mientras se prolonga
esta espera que va para media hora (pues deben ser alrededor de las tres) me preocupa la
perplejidad del niño, su expresión absorta que nada parece preguntar, su indiferencia abstracta
y fría que lo hace idéntico a su padre. Mi hijo va a disolverse en el aire abrasante de este
miércoles como le ocurrió a Martín hace nueve años, mientras movía la mano en la ventanilla
del tren y desaparecía para siempre. Serán vanos todos mis sacrificios por este hijo si continúa
pareciéndose a su padre. En vano rogaré a Dios que haga de él un hombre de carne y hueso,
que tenga volumen, peso y color como los hombres. En vano todo mientras tenga en la sangre los gérmenes de su padre.
Hace cinco años, el niño no tenía nada de Martín. Ahora lo va adquiriendo todo, desde cuando
Genoveva García regresó a Macondo con sus seis hijos, entre los cuales había dos pares de
gemelos. Genoveva estaba gorda y envejecida. Le habían salido unas venillas azules en torno
a los ojos, que le daban cierta apariencia de suciedad a su rostro anteriormente limpio y terso.
Manifestaba una ruidosa y desordenada felicidad en medio de su pollada de zapatitos blancos
y arandelas de organdí. Yo sabía que Genoveva se había fugado con el director de una
compañía de titiriteros y sentía no sé qué extraña sensación de repugnancia viendo a esos
hijos suyos que parecían tener movimientos automáticos, como regidos por un solo mecanismo
central; pequeños e inquietantemente iguales entre sí, los seis con idénticos zapatos e
idénticas arandelas en el vestido. Me parecía dolorosa y triste la desorganizada felicidad de
Genoveva, su presencia recargada de accesorios urbanos en un pueblo arruinado, aniquilado
por el polvo. Había algo amargo, como una inconsolable ridiculez, en su manera de moverse,
de parecer afortunada y de dolerse de nuestros sistemas de vida tan diferentes, decía, a los
conocidos por ella en la compañía de titiriteros.
Viéndola, yo me acordaba de otros tiempos. le dije: «Estás guapísima, mujer.» Y entonces ella 
se puso triste. Dijo: «Debe ser que los recuerdos hacen engordar.» Y se quedó mirando al niño
con atención. Dijo: «¿Y qué hubo del brujo de los cuatro botones?» Y yo le respondí, a secas,
porque sabía que ella lo sabía: «Se fue » Y Genoveva dijo: «¿Y no te dejó más que este?» Y
yo le dije que sí, que sólo me había dejado al niño. Genoveva rió con una risa descocida y
vulgar: «Se necesita ser bien flojo para hacer sino un hijo en cinco años», dijo, y continuó, sin
dejar de moverse, cacareando entre la pollada revuelta: «Y yo que estaba loca él. Te juro que
te lo habría quitado si no hubiera sido porque lo conocimos en el velorio de un niño. En ese
tiempo era muy supersticiosa.
Fue antes de despedirse cuando Genoveva se quedo contemplando al niño y dijo: «De verdad
que es idéntico a el. No le falta sino el saco de cuatro botones.» Y desde ese instante el niño
empezó a parecerme igual a su padre, como si Genoveva le hubiera traído el maleficio de su
identidad. En ciertas ocasiones lo he sorprendido con los codos apoyados en la mesa, la
cabeza ladeada sobre el hombro izquierdo y la mirada nebulosa vuelta hacia ninguna parte. Es
igual a Martín cuando se recostaba contra los tiestos de claveles del pasamano y decía: «Aunque no fuera por ti, me quedaría a vivir en Macondo para toda la vida.» A veces tengo la impresión de que lo va a decir, como podría decirlo ahora que está sentado junto a mí, taciturno,
tocándose la nariz congestionada por el calor. «¿Te duele?», le pregunto. Y él dice que no, que
estaba pensando que no podría sostener los anteojos. «No tienes que preocuparte de eso», le
digo, y le deshago el lazo del cuello. Digo: «Cuando lleguemos a la casa te reposarás para
darte un baño.» Y luego miro hacia donde mi padre que acaba de decir: «Cataure», llamando al
más viejo de los guajiros. Es un indio espeso y bajo, que ha estado fumando en la cama y que
al oír su nombre levanta la cabeza y busca el rostro de mi padre con sus pequeños ojos
sombríos. Pero cuando mi padre va a hablar de nuevo, se oyen en el cuartito de atrás las pisadas
del alcalde que entra en la habitación, tambaleando.
11
Este mediodía ha sido terrible en nuestra casa. Aunque para mí no fue una sorpresa la noticia
de su muerte, pues desde hace tiempo la esperaba, no podía suponer que ella produciría
semejantes trastornos en mi casa. Alguien debía acompañarme a este entierro y yo pensaba
que ese acompañante sería mi mujer, sobre todo después de mi enfermedad, hace tres años, y
de esa tarde en que ella encontró el bastoncillo con la mano de plata y la bailarinita de cuerda,
cuando registraba las gavetas de mi escritorio. Creo que para esa época nos habíamos
olvidado del juguete. Pero aquella tarde hicimos funcionar el mecanismo y la bailarinita bailó
como en otros tiempos, animada por la música que antes era festiva y que después del largo
silencio en la gaveta sonaba taciturna y nostálgica. Adelaida la miraba bailar y recordaba.
Después se volvió hacia mí, con la mirada humedecida por una sencilla tristeza:
—¿De quién te acuerdas? —dijo.
Y yo sabía en quién estaba pensando Adelaida, mientras el juguete entristecía el recinto con su
musiquita gastada.
—¿Qué habrá sido de él? —dijo mi esposa, recordando, sacudida quizá por el aleteo de
aquellos tiempos en que él aparecía en la puerta del cuarto, a las seis de la tarde, y colgaba la
lámpara en el dintel.—Está en la esquina —dije yo—-. Un día de éstos se morirá y nosotros debemos enterrarlo.
Adelaida guardó silencio, absorta en el baile del juguete, y yo me sentí contagiado de su
nostalgia. Le dije: «Siempre he deseado saber con quién lo confundiste el día que vino. Arreglaste' aquella mesa porque se te pareció a alguien.»
Y Adelaida dijo, con una sonrisa gris:
—Te reirías de mí si te dijera a quién se me pareció cuando se puso ahí, en el rincón, con la
bailarinita en la mano. —Y señaló con el dedo hacia el vacío donde lo vio veinticuatro a ños
antes, con las botas enterizas y el vestido que parecía un uniforme militar.
Creí que esa tarde se habían reconciliado en el recuerdo, así qué hoy le dije a mi mujer que se
vistiera de negro para acompañarme. Pero el juguete está otra vez en el cajón. La música ha
perdido su efecto. Adelaida está ahora aniquilándose. Está triste, devastada, y se pasa horas
enteras rezando en el cuarto. «Sólo a ti se te podía ocurrir hacer ese entierro», me dijo.
«Después de todas las desgracias que han caído sobre nosotros, lo único que nos faltaba era
este maldito año bisiesto. Y después el diluvio.» Traté de persuadirla de que tenía mi palabra
de honor comprometida en esta empresa.
—No podemos negar que le debo la vida —dije.
Y ella dijo:
—Era él quien nos debía a nosotros. No hizo otra cosa al salvarte la vida, que saldar una deuda
de ocho años de cama, comida y ropa limpia.
Luego rodó un asiento hacia el pasamano. Y aún debe de estar allí, con los ojos nublados por
la pesadumbre y la superstición. Tan decidida me p areció su actitud, que traté de tranquilizarla.
«Está bien. En ese caso iré con Isabel», dije. Y ella no respondió. Continuó sentada, inviolable,
hasta cuando nos disponíamos a salir, y yo le dije, creyendo que la complacía: «Mientras
regresamos, vete al oratorio y reza por nosotros.» Entonces volteó la cabeza hacia la puerta,
diciendo: «Ni siquiera voy a rezar. Mis oraciones seguirán siendo inútiles mientras esa mujer
venga todos los martes a pedir una ramita de toronjil.» Y había en su voz una oscura y
trastornada rebeldía:
—Me quedaré aquí, aplanada, hasta la hora del Juicio. Si es que para entonces el comején no
se ha comido la silla.
Mi padre se detiene con el cuello estirado, oyendo las pisadas conocidas que avanzan por el
cuarto de atrás. Entonces olvida lo que pensaba decirle a Cataure, y trata de dar una vuelta
sobre sí mismo, apoyado en el bastón, pero la pierna inútil le falla en la vuelta y está a punto de
irse de bruces, como se fue hace tres años cuando cayó en el charco de limonada entre los
ruidos del jarro que rodó por el suelo y los zuecos y el mecedor y. el llanto del niño que fue la
única persona que lo vio caer.
Desde entonces cojea, desde entonces arrastra la pierna que se le endureció después de esa
semana de amargos padecimientos, de los cuales creímos no verlo repuesto jamás. Ahora,
viéndolo así, recobrando el equilibrio por el apoyo que le presta el alcalde, pienso que en esa
pierna inhábil está el secreto del compromiso que se dispone a cumplir contra la voluntad del
pueblo.
Tal vez su gratitud venga desde entonces. Desde cuando se fue de bruces en el corredor,
diciendo que sentía como si lo hubieran empujado de una torre, y los dos últimos médicos que
quedaban en Macondo aconsejaron que se le preparara para una buena muerte. Yo lo recuerdo al quinto día de postración, disminuido entre las sábanas; recuerdo su cuerpo diezmado, como el cuerpo de El Cachorro que el año anterior había sido conducido al cementerio por
todos los habitantes de Macondo, en una apretada y conmovida procesión floral. Dentro del
ataúd, su majestuosidad tenía el mismo fondo de irremediable y desconsolado abandono que
yo veía en el rostro de mi padre en esos días en que la alcoba se llenó de su voz y habló de
aquel extraño militar que en la guerra del 85 apareció una noche en el campamento del coronel
Aureliano Buendía, con el sombrero y las botas adornadas con pieles y dientes y uñas de tigre,
y le preguntaron: «¿Quién es usted?» Y el extraño militar no respondió; y le dijeron: «¿De
dónde viene?» Y todavía no respondió; y le preguntaron: «¿De qué lado está combatiendo?»
Y aún no obtuvieron respuesta alguna del militar desconocido, hasta cuando el ordenanza agarró un tizón y lo acercó a su rostro y lo examinó por un instante y exclamó, escandalizado:
«¡Mierda! ¡Es el duque de Marlborough!»
En medio de aquella terrible alucinación, los médicos dieron orden de que lo bañaran. Así se
hizo. Pero al día siguiente apenas si se podía advertir una imperceptible alteración en su
vientre. Entonces los médicos abandonaron la casa y dijeron que lo único aconsejable era prepararlo para una buena muerte.
La alcoba quedó sumergida en la silenciosa atmósfera dentro de la que no se oía nada más que el lento y sosegado aleteo de la muerte, ese recóndito aleteo que en las alcobas de los moribundos huele a tufo de hombre. Después de que el padre Ángel le administró la extremaunción, transcurrieron muchas horas sin que nadie se moviera, contemplando el perfil anguloso
del desahuciado. Luego sonó la campanilla del reloj y mi madrastra se dispuso a darle la cucharada. Lo levantamos por la cabeza, tratando de separar los dientes para que mi madrastra
introdujera la cuchara. Entonces fue cuando se oyeron las pisadas despaciosas y afirmativas
en el corredor. Mi madrastra detuvo la cuchara en el aire, dejó de murmurar su oración y se volvió hacia la puerta, paralizada por una repentina lividez. «Hasta en el purgatorio reconocería
esas pisadas», alcanzó a decir, en él preciso instante en que miramos hacia la puerta y vimos
al doctor. Estaba ahí, en el umbral; mirándonos.
Digo a mi hija: «Él Cachorro los habría hecho venir a correazos», y me dirijo hacia donde está
el ataúd, pensando: Desde cuando el doctor abandonó nuestra casa, yo estaba convencido de
que nuestros actos eran ordenados por una voluntad superior contra la cual no habríamos
podido rebelarnos, así lo hubiéramos procurado con todas nuestras fuerzas o así hubiéramos
asumido la actitud estéril de Adelaida que se ha encerrado a rezar.
Y mientras salvo la distancia que me separa del ataúd, viendo a mis hombres impasibles,
sentados en la cama, me parece haber respirado en la primera bocanada del aire que hierve
sobre el muerto, toda esa amarga materia de fatalidad que ha destruido a Macondo. Creo que
el alcalde no demorará con el permiso para el entierro. Sé que afuera, en las calles atormentadas por el calor, está la gente esperando. Sé que hay mujeres asomadas a las ventanas,
ansiosas de espectáculo, y que permanecen allí, asomadas, sin acordarse de que en los
fogones está la leche hirviendo y el arroz seco. Pero creo incluso que esta última manifestación
de rebeldía es superior a las posibilidades de este exprimido, estragado grupo de hombres. Su
capacidad de lucha estaba desconcertada desde antes de ese domingo electoral en que se
movieron, trazaron sus planes y fueron derrotados, y quedaron después con el convencimiento
de que eran ellos quienes determinaban sus propios actos. Pero todo eso parecía dispuesto,
ordenado para encauzar los hechos que, paso a paso, nos conducirían fatalmente a este
miércoles.
Hace diez años, cuando sobrevino la ruina, el esfuerzo colectivo de quienes aspiraban a
recuperarse habría sido suficiente para la reconstrucción. Habría bastado con salir a los
campos estragados por la compañía bananera; limpiarlos de maleza y comenzar otra vez por el
principio. Pero a la hojarasca la habían enseñado a ser impaciente; a no creer en el pasado ni
en el futuro. Le habían enseñado a creer en el momento actual y a saciar en él la voracidad de
sus apetitos. Poco tiempo se necesitó para que nos diéramos cuenta de que la hojarasca se
había ido y de que sin ella era imposible la reconstrucción. Todo lo había traído la hojarasca y
todo se lo había llevado. Después de ella sólo quedaba un domingo en los escombros de un
pueblo, y el eterno trapisondista electoral en la última noche de Macondo, poniendo en la plaza
pública cuatro damajuanas de aguardiente a disposición de la policía y el resguardo.
Si esa noche El Cachorro logró contenerlos a pesar de que aún estaba viva su rebeldía, hoy
habría podido ir de casa en casa, armado de un perrero, y los habría obligado a enterrar a este
hombre. El Cachorro los tenía sometidos a una disciplina férrea. Incluso después de que murió
el sacerdote, hace cuatro años" —uno antes de mi enfermedad—, se manifestó esa disciplina
en la manera apasionada como todo el mundo arrancó las flores y los arbustos de su huerto y
los llevó a la tumba, a rendirle a El Cachorro su tributo final.
Este hombre fue el único que no asistió a ese entierro. Precisamente el único que le debía la
vida a esa inquebrantable y contradictoria subordinación del pueblo al sacerdote. Porque la
noche en que pusieron las cuatro damajuanas de aguardiente en la plaza, y Macondo fue un
pueblo atropellado por un grupo de bárbaros armados; un pueblo empavorecido que enterraba
a sus muertos en la fosa común, alguien debió de recordar que en esta esquina había un
médico. Entonces fue cuando pusieron las parihuelas contra la puerta, y le gritaron (porque no
abrió; habló desde adentro); le gritaron: «Doctor, atienda a estos heridos que ya los otros
médicos no dan abasto», y él respondió: «Llévenlos a otra parte, yo no sé nada de esto»; y le
dijeron: «Usted es el único médico que nos queda. Tiene que hacer una obra de caridad»; y él
respondió (y tampoco abrió la puerta), imaginado por la turbamulta en la mitad de la sala, la
lámpara en alto, iluminados los duros ojos amarillos: «Se me olvidó todo lo que sabía de eso.
Llévenlos a otra parte», y siguió (porque la puerta no se abrió jamás) con la puerta cerrada,
mientras hombres y mujeres de Macondo agonizaban frente a ella. La multitud habría sido
capaz de todo esa noche. Se disponían a incendiar la casa y reducir a cenizas a su único habitante. Pero entonces apareció El Cachorro. Dicen que fue como si hubiera estado aquí, invisible, montando guardia para evitar la destrucción de la casa y el hombre. «Nadie tocará esta puerta», dicen que dijo El Cachorro. Y dicen que fue eso todo lo que dijo, abierto en cruz,
iluminado por el resplandor de la furia rural su inexpresivo y frío rostro de calavera de vaca. Y.
entonces el impulso se refrenó, cambió de curso, pero tuvo aún la fuerza suficiente para que
gritaran esa* sentencia que aseguraría, para todos los siglos, el advenimiento de este
miércoles.
Caminando hacia la cama para decir a mis hombres que abran la puerta, pienso: Debe venir de
un momento a otro. Y pienso que si antes de cinco minutos no ha llegado, sacaremos el ataúd
sin la autorización y pondremos el muerto en la calle, así tenga que darle sepultura en el frente
mismo de la casa. «Cataure», digo, llamando al mayor de mis hombres, y él apenas ha tenido
tiempo de levantar la cabeza, cuando oigo las pisadas del alcalde avanzando por la pieza
vecina.
Sé que viene directamente hacia mí, y trato de girar rápidamente sobre mis talones, apoyado
en el bastón, pero me falla la pierna enferma y me voy hacia adelante, seguro de que voy a
caer y a romperme la cara contra el borde del ataúd, cuando tropiezo con su br azo y me aferró
sólidamente a él, y oigo su voz de pacífica estupidez, diciendo: «No se preocupe, coronel. Le
aseguro que no sucederá nada.» Y yo creo que es así, pero sé que él lo dice para darse valor a
sí mismo. «No creo que pueda ocurrir nada», le digo, pensando lo contrario, y él dice algo de
las ceibas del cementerio y me entrega la autorización del entierro. Sin leerla, yo la doblo, la
guardo en el bolsillo del chaleco y le digo: «De todos modos, lo que suceda tenía que suceder.
Es como si lo hubiera anunciado el almanaque.»
El alcalde se dirige a los guajiros. Les ordena clavar el ataúd y abrir la puerta. Y yo los veo
moverse buscando el martillo y los clavos que borrarán para siempre la visión de este hombre,
de este desamparado señor de ninguna parte que vi por última vez hace tres años, frente a mi
lecho de convaleciente, con la cabeza y el rostro cuarteado por una prematura decrepitud.
Entonces acababa de rescatarme de la muerte. La misma fuerza que lo había llevado allí, que
le había comunicado la noticia de mi enfermedad, parecía ser la que lo sostenía frente a mi
lecho de convaleciente, diciendo:
—Sólo le falta ejercitar un poco esa pierna. Es posible que tenga que usar bastón de ahora en
adelante.
Yo había de preguntarle dos días después cuál era mi deuda, y él había de responder: «Usted
no me debe nada, coronel. Pero si quiere hacerme un favor, écheme encima un poco de tierra
cuando amanezca tieso. Es lo único que necesito para que no me coman los gallinazos.»
En el mismo compromiso que m e hacía contraer, en la manera de proponerlo, en el ritmo de
sus pisadas sobre las baldosas del cuarto, se advertía que este hombre había empezado a
morir desde mucho tiempo atrás, aunque habían de transcurrir aún tres años antes de que. esa
muerte aplazada y defectuosa se realizara por completo. Ese día ha sido el de hoy. Y hasta
creo que no habría tenido necesidad de la soga. Un ligero soplo habría bastado para extinguir
el último rescoldo de vida que quedaba en sus duros ojos amarillos. Yo había presentido todo
eso desde la noche en que hablé con él en el cuartito, antes de que se viniera a vivir con
Meme. Así que cuando me hizo contraer el compromiso que ahora voy a cumplir, no me sentí
desconcertado. Sencillamente le dije:
—Es una petición innecesaria, doctor. Usted me conoce y debía saber que yo lo habría enterrado por encima de la cabeza de todo el .mundo, aunque no le debiera la vida.
Y él, sonriente, por primera vez apaciguados sus duros ojos amarillos:
—Todo eso es cierto, coronel. Pero no olvide que un muerto no habría «podido enterrarme.
Ahora nadie podrá remediar esta vergüenza. El alcalde le ha entregado a mi padre la orden del
entierro, y mi padre ha dicho: «De todos modos, lo que suceda tenía que suceder. Es como si
lo hubiera anunciado el almanaque.» Y lo dijo con la misma indolencia con que se entregó a la
suerte de Macondo, fiel a los baúles donde está guardada la ropa de todos los muertos
anteriores a mi nacimiento. Desde entonces todo ha venido en declive. La misma energía de mi
madrastra, su carácter férreo y dominante, se han transformado en una amarga congoja. Cada
vez parece más lejana y taciturna, y es tanta su desilusión que esta tarde se ha sentado junto
al pasamano y ha dicho: «Me quedaré aquí, aplanada hasta la hora del Juicio.»
Mi padre no había vuelto a imponer en nada su voluntad. Sólo hoy se ha incorporado para
cumplir con este vergonzoso compromiso. Está aquí seguro de que todo transcurrirá sin consecuencias graves, viendo a los guajiros que se habian puesto en movimiento para abrir la puerta
y clavar el ataúd. Yo los veo acercarse, me pongo en pie, tomo al niño de la mano y ruedo la
silla hacia la ventana, para no estar a la vista del pueblo cuando abran la puerta.
El niño está perplejo. Cuando me levanté me miró a la cara, con una expresión indescriptible,
un poco aturdida. Pero ahora está perplejo, a mi lado, viendo a los guajiros que sudan a causa del esfuerzo que hacen por descorrer las ar gollas. Y con un penetrante y sostenido lamento de
metal oxidado, la puerta se abre de par en par. Entonces veo otra vez la calle, el polvo luminoso, blanco y abrasador, que cubre las casas y que le ha dado al pueblo un lamentable
aspecto de mueble arruinado. Es como si Dios hubiera declarado innecesario a Macondo y lo
hubiera echado al rincón donde están los pueblos que han dejado de prestar servicio a la
creación.
El niño, que en el primer instante debió deslumbrarse con la claridad repentina (su mano
tembló en la mía cuando se abrió la puerta) levanta de pronto la cabeza, concentrado, atento, y
me pregunta: «¿Lo oyes?» Sólo entonces caigo en la cuenta de que en uno de los patios
vecinos está dando la hora un alcaraván. «Sí», digo. «Ya deben ser las tres», casi en el preciso
instante en que suena el primer golpe del martillo en el clavo.
Tratando de no escuchar ese sonido lacerante que me eriza la piel; procurando que el niño
no descubra mi ofuscación, vuelvo el rostro hacia la ventana y veo, en la otra cuadra, los
melancólicos y polvorientos almendros con nuestra casa al fondo. Sacudida por el soplo
invisible de la destrucción, también ella está en vísperas de un silencioso y definitivo derrumbamiento. Todo Macondo está así desde cuando lo exprimió la compañía bananera. La hiedra
invade las casas, el monte crece en los callejones, se resquebrajan los muros y una se encuentra a pleno día con un lagarto en el dormitorio. Todo parece destruido desde cuando .no
volvimos a cultivar el romero y el nardo; desde cuando una mano invisible cuarteó la loza de
Navidad en el armario y puso a engordar polillas en la ropa que nadie volvió a usar. Donde se
afloja una puerta no hay una mano solícita dispuesta a repararla. Mi padre no tiene energías
para moverse como lo hacía antes de esa postración que lo dejó cojeando para siempre. La
señora Rebeca, detrás de su eterno ventilador, no se ocupa de nada que pueda repugnar al
hambre de malevolencia que le provoca su estéril y atormentada viudez. Águeda está tullida,
agobiada por una paciente enfermedad reli giosa; y el padre Ángel no parece tener otra satisfacción que la de saborear en la siesta de todos los días su perseverante indigestión de
albóndigas. La única que permanece invariable es la canción de las mellizas de San Jerónimo y
esa misteriosa pordiosera que no parece envejecer y que desde hace veinte años viene todos
los martes a la casa por una ramita de to ronjil. Sólo el pito de un tren amarillo y polvo riento que
no se lleva a nadie interrumpe el silencio cuatro veces al día. Y de noche, el tum-tum de la
plantica eléctrica que dejó la compañía bananera cuando se fue de Macondo. Veo la casa por
la ventana y pienso que mi madrastra está allí, inmóvil en su silla, pensando quizá que antes de
que nosotros regresemos habrá pasado ese viento final que borrará este pueblo. Todos se
habrán ido entonces, menos nosotros, porque estamos atados a este suelo por un cuarto lleno
de baúles en los que se conservan aún los utensilios domésticos y la ropa de los abuelos, de
mis abuelos, y los toldos que usaron los caballos de mis padres cuando vinieron a Macondo
huyendo de la guerra. Estamos sembrados a este suelo por el recuer do de los muertos remotos
cuyos huesos ya no podrían encontrarse a veinte brazas bajo la tierra. Los baúles están en el
cuarto desde los últimos días de la guerra; y allí estarán esta tarde, cuando regresemos del
entierro, si es que entonces no ha pasado todavía ese viento final que barrerá a Macondo, sus
dormitorios llenos de lagartos y su gente taciturna, devastada por los recuerdos,
De pronto mi abuelo se levanta, se apoya en el bastón y estira su cabeza de pájaro en la que
los anteojos parecen seguros, como si hicieran parte de su rostro. Creo que me resultaría muy
difícil llevar anteojos. Con cualquier movimiento se soltarían de mis orejas. Y pensándolo, me
doy golpecitos en la nariz. Mamá me mira y me pregunta: «¿Te duele?» Y yo le digo que no,
que simplemente estaba pensando que no podría llevar anteojos. Y ella sonríe, respira profundamente y me dice: «Debes estar empapado.» Y es verdad, la ropa me arde en la p iel, la
pana verde y gruesa, cerrada hasta arriba, se me pega al cuerpo con el sudor y me produce
una sensación mortificante. «Sí», digo. Y mi madre se inclina hacia mí, me suelta el lazo y me
abanica el cuello, diciendo: «Cuando lleguemos a la casa te reposarás para darte un baño.»
«Cataure», oigo...
En esto entra, por la puerta de atrás, otra vez el hombre del revólver. Al aparecer en el vano de
la puerta se quita el sombrero y camina con cautela, como si temiera despertar el cadáver.
Pero lo ha hecho para asustar a mi abuelo, que cae hacia adelante empujado por el hombre, y
tambalea, y logra agarrarse del brazo del mismo hombre que ha tratado de tumbarle. Los otros
han dejado de fumar y permanecen sentados en la cama, ordenados como cuatro cuervos en
un caballete. Cuando entra el del revólver los cuervos se inclinan y hablan en secreto y uno de
ellos se levanta, camina hasta la mesa y coge la cajita de los clavos, y el martillo.
Mi abuelo está conversando con el hombre junto al ataúd. El hombre dice: «No se preocupe,
coronel. Le aseguro que no sucederá nada.» Y mi abuelo dice: «No creo que pueda ocurrir nada.» Y el hombre dice: «Pueden enterrarlo del lado de afuera, contra la tapia izquierda del
cementerio donde son más altas las ceibas.» Luego le entrega un papel a mi abuelo, diciendo:
«Ya verá que todo sale muy bien.» Mi abuelo se apoya en el bastón con una mano y coge el
papel con la otra y lo guarda en el bol sillo del chaleco, donde tiene el pequeñito y cuadrado
reloj de oro con una leontina. Después dice: «De todos modos, lo que suceda tenía que
suceder. Es como si lo hubiese anunciado el almanaque,»
El hombre dice: «Hay algunas personas en las ventanas, pero eso es pura curiosidad. Las
mujeres siempre se asoman por cualquier cosa.» Pero creo que mi abuelo no lo ha oído,
porque está mirando hacia la calle por la ventana. El hombre se mueve entonces, llega hasta la
cama y dice a los hombres, mientras se abanica con el sombrero: «Ahora pueden clavarlo.
Mientras tanto, abran la puerta para que entre un poco de fresco.»
Los hombres se ponen en movimiento. Uno de ellos se inclina sobre la caja con el martillo y los
clavos y los otros se dirigen a la puerta. Mi madre se levanta. Está sudorosa y pálida. Rueda la
silla, me toma de la mano y me hace a un lado para que puedan pasar los hombres que
vinieron a abrir la puerta.
Al principio tratan de rodar la tranca que parece soldada a las oxidadas argollas, pero no
pueden moverla. Es como si alguien estuviera recostado con fuerza del lado de la calle. Pero
cuando uno de los hombres se apoya contra la puerta y golpea, se levanta en la habitación un
ruido de madera, de goznes oxidados, de cerraduras soldadas por el tiempo, chapa sobre chapa, y la puerta se abre, enorme, como para que pasen dos hombres, el uno sobre el otro; y hay
un crujido largo de la madera y los hierros despertados. Y antes de que tengamos tiempo de
saber qué sucede, irrumpe la luz en la habitación, de espaldas, poderosa y perfecta, porque le
han quitado el soporte que la sostuvo durante doscientos años y con la fuerza de doscientos
bueyes, y cae de espaldas en la habitación, arrastrando la sombra de las cosas en su
turbulenta caída. Los hombres se hacen brutalmente visibles, como un relámpago al mediodía,
y tambalean, y me parece como si hubieran tenido que sostenerse para que no los tumbara la
claridad.
Cuando se abre la puerta empieza a cantar un alcaraván en alguna parte del pueblo. Ahora veo
la calle. Veo el polvo brillante y ardiente. Veo varios hombres recostados contra la acera
opuesta, con los brazos cruzados, mirando hacia el cuarto. Oigo otra vez el alcaraván y digo a
mamá: «¿Lo oyes?» Y ella dice que sí, que deben ser las tres. Pero Ada me ha dicho que los
alcaravanes cantan cuando sienten el olor a muerto. Voy a decírselo a mi madre en el preciso
instante en que oigo ruido intenso del martillo en la cabeza del primer clavo. El martillo golpea,
golpea, y lo llena todo; reposa un segundo y golpea de nuevo, hiriendo la madera por seis
veces consecutivas, despertando el prolongado y triste clamor de las tablas dormidas, mientras
mi madre, con la cara vuelta hacia el otro lado, mira la calle por la ventana.
Cuando acaban de clavar se oye el canto de varios alcaravanes. Mi abuelo hace una señal a
sus hombres. Éstos se inclinan, ladean el ataúd, mientras el que permanece en el rincón con el
sombrero dice a mi abuelo: «No se preocupe, coronel.» Y entonces mi abuelo se vuelve hacia
el rincón, agitado y con el cuello hinchado y cárdeno, como el de un gallo de pelea. Pero no
dice nada. Es el hombre quien vuelve a hablar desde el rincón., Dice: «Hasta creo que en el
pueblo no queda nadie que se acuerde de eso.»
En este instante siento verdaderamente el temblor en el vientre. Ahora sí tengo ganas de ir allá
atrás, pienso; pero veo que ahora es demasiado tarde. Los hombres hacen un último esfuerzo;
se estiran con los talones clavados en el suelo, y el ataúd queda flotando en la claridad, como
si llevaran a sepultar un navío muerto.
Yo pienso: Ahora sentirán el olor. Ahora todos los alcaravanes se pondrán a cantar.

La Hojarasca Gabriel García Márquez









Y respecto del cadáver de Polinice, que miserablemente ha muerto, dicen que ha publicado un
bando para que ningún ciudadano lo entierre ni lo llore, sino que insepulto y sin los honores del
llanto, lo dejen para sabrosa presa de las aves que se abalancen a devorarlo. Ese bando dicen
que el bueno de Creonte ha hecho pregonar por ti y por mí, quiere decir que por mí; y me
vendrá aquí para anunciar esa orden a los que no la conocen; y que la casa se ha de tomar no
de cualquier manera, porque quien se atreva a hacer algo de lo que prohibe será lapidado por
el pueblo.
(De Antígona)

De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada
por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos; rastrojos de una guerra civil
que cada vez parecía más remota e inverosímil. La hojarasca era implacable. Todo lo
contaminaba de su revuelto olor multitudinario, olor de secreción a flor de piel y de recóndita
muerte. En menos de un año arrojó sobre el pueblo los escombros de numerosas catástrofes
anteriores a ella misma, esparció en las calles su confusa carga de desperdicios. Y esos
desperdicios, precipitadamente, al compás atolondrado e imprevisto de la tormenta, se iban
seleccionando, individualizándose, hasta convertir lo que fue un callejón con un río en un
extremo un corral para los muertos en el otro, en un pueblo diferente y complicado, hecho con
los desperdicios de los otros pueblos. Allí vinieron, confundidos con la hojarasca humana,
arrastrados por su impetuosa fuerza, los desperdicios de los almacenes, de los hospitales, de
los salones de diversión, de las plantas eléctricas; desperdicios de mujeres solas y de hombres
que amarraban la mula en un horcón del hotel, trayendo como un único equipaje un baúl de
madera o un atadillo de ropa, y a los pocos meses tenían casa propia, dos concubinas y el
título militar que les quedaron debiendo por haber llegado tarde a la guerra.
Hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca y construyeron pequeñas casas de madera, e hicieron primero un rincón donde medio catre era el
sombrío hogar para una noche, y después una ruidosa calle clandestina, y después todo un
pueblo de tolerancia dentro del pueblo.
En medio de aquel ventisquero, de aquella tempestad de caras desconocidas, de toldos en la
vía pública, de hombres cambiándose de ropa en la calle, de mujeres sentadas en los baúles
con los paraguas abiertos, y de mulas y mulas abandonadas, muriéndose de hambre en la cuadra del hotel, los primeros éramos los últimos; nosotros éramos los forasteros; los advenedizos.
Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez, pero no contábamos con su ímpetu. Así
que cuando sentimos llegar la avalancha lo unico que pudimos hacer fue poner el plato con el
tenedor y el cuchillo detrás de la puerta y sentarnos pacientemente a esperar que nos conocieran los recién llegados. Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió a
verlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logro unidad y solidez; y sufrió el natural proceso
de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra.
(Macondo, 1909)


1
Por primera vez he visto un cadáver. Es miércoles, pero siento como si fuera domingo porque
no he ido a la escuela y me han puesto este vestido de pana verde que me aprieta en alguna
parte. De la mano de mamá, siguiendo a mi abuelo que tantea con el bastón a cada paso para
no tropezar con las cosas (no ve bien en la penumbra, y cojea) he pasado frente al espejo de la
sala y me he visto de cuerpo entero, vestido de verde y con este blanco lazo almidonado que
me aprieta a un lado del cuello. Me he visto en la redonda luna manchada y he pensado: Ése
soy yo, como si hoy fuera domingo.
Hemos venido a la casa donde está el muerto. El calor es sofocante en la pieza cerrada. Se oye el zumbido del sol por las calles, pero nada
mas.
El aire es estancado, concreto; se tiene la impresión de que podría torcérsele como una 
lamina de acero. En la habitación donde han puesto el cadáver huele a baúles, pero no los veo 
por ninguna parte. Hay una hamaca en el rincón, colgada de la argolla por uno de sus extremos. Hay un olor a desperdicios. Y creo que las cosas arruinadas y casi deshechas que nos 
rodean tienen el aspecto de las cosas que deben oler a desperdicios aunque realmente tengan 
otro olor. 
Siempre creí que los muertos debían tener sombrero. Ahora veo que no. Veo que tienen la 
cabeza acerada y un pañuelo amarrado en la mandíbula. Veo que tienen la boca un poco 
abierta y que se ven, detrás de los labios morados, los dientes manchados e irregulares. Veo 
que tienen la lengua mordida a un lado, gruesa y pastosa, un poco más oscura que el color de j 
la cara, que es como el de los dedos cuando se les aprieta con un cáñamo. Veo que tienen los 
ojos abiertos, mucho más que los de un hombre; ansiosos y desorbitados, y que la piel parece 
ser de tierra apretada y húmeda. Creí que un muerto parecía una persona quieta y dormida y 
ahora veo que es todo lo contrario. Veo que parece una persona despierta y rabiosa después 
de una pelea. 
Mamá también se ha vestido como si fuera domingo. Se ha puesto el antiguo sombrero de paja
que le cubre las orejas, y un vestido negro, cerrado arriba, con mangas hasta los puños. Como
hoy es miércoles, la veo lejana, desconocida, y tengo la impresión de que quiere decirme algo
mientras mi abuelo se levanta a recibir a los hombres que han traído el ataúd. Mamá está
sentada a mi lado, de espaldas a la ventana clausurada. Respira trabajosamente cada instante
se compone las hebras de cabello que le salen por debajo del sombrero puesto a la carrera. Mi
abuelo ha ordenado a los hombres que pongan el ataúd junto a la cama. Solo entonces me he
dado cuenta de que sí puede caber el muerto dentro de él. Cuando los hombres trajeron la caja
tuve la impresión de que era demasiado pequeña para un cuerpo que ocupa todo el largo del
lecho.
No sé por qué me han traído. Nunca había entrado en esta casa y hasta creí que estaba
deshabitada. Es una casa grande, en esquina, cuyas puertas, creo, no han sido abiertas nunca.
Siempre creí que, la casa estaba desocupada. Sólo ahora, después de que mamá me dijo:
“Esta tarde no irás a la escuela”, y yo no sentí alegría porque me lo dijo con la voz grave y
reservada; y la vi regresar con mi vestido de lana y me lo puso sin hablar y salimos a la puerta
a juntarnos con mi abuelo; y caminamos las tres casas que separan ésta de la nuestra. sólo
ahora me he dado cuenta de que alguien vivía en esta esquina. Alguien que ha muerto y que
debe ser el hombre a quien se refirió mi madre cuando dijo: «Tienes que estar muy juicioso en
el entierro del doctor.» Al entrar no vi al muerto. Vi a mi abuelo en la puerta, hablando con los
hombres, y lo vi después dándonos la orden de seguir adelante. Creí entonces que había
alguien en la habitación, al entrar la sentí oscura y vacía. El calor golpeó el rostro desde el
primer momento sentí este olor a desperdicios que era sólido y permanente al principio y que
ahora, como el calor, llega en ondas espaciadas y desaparece.
Mamá me condujo de la mano por la habitación oscura y me sentó a su lado, en un rincón. Sólo
después de un momento empecé a distinguir las cosas. Vi a mi abuelo tratando de abrir una
ventana que parece adherida a sus bordes, soldada con la madera del marco, y lo vi dando
bastonazos contra los picaportes, el saco lleno de polvo que se desprendía a cada sacudida.
Volví la cara a donde se movió mi abuelo cuando se declaró impotente para abrir la ventana y
sólo entonces vi que había alguien en la cama. Había un hombre oscuro, estirado, inmóvil. Entonces hice girar la cabeza hacia el lado de mamá, que permanecía lejana y seria, mirando
hacia otro lugar de la habitación. Como los pies no me llegan hasta el suelo sino que quedan
suspendidos en el aire, a una cuarta del piso, coloqué las manos debajo de los muslos,
apoyadas las palmas contra el asiento, y empecé a balancear las piernas, sin pensar en nada,
hasta cuando recordé que mamá me había dicho: «Tienes que estar muy juicioso en el entierro
del doctor.» Entonces sentí algo frío a mis espaldas, volví a mirar y no vi sino la pared de
madera seca y agrietada. Pero fue como si alguien me hubiera dicho desde la pared: «No
muevas las piernas, que el hombre que está en la cama es el doctor y está muerto.» Y cuando
miré hacia la cama, ya no lo vi como antes. Ya no lo vi acostado sino muerto.
Desde entonces, por mucho que me esfuerce por no mirarlo, siento como si alguien me sujetara la cara hacia ese lado. Y aunque haga esfuerzos por mirar hacia otros lugares de la habitación, lo veo de todos modos, en cualquier parte, con los ojos desorbitados y la cara verde
muerta en la oscuridad.
No sé por qué no ha venido nadie al entierro. Hemos venido mi abuelo, mamá y los cuatro guajiros que trabajan para mi abuelo. Los hombres han traído una bolsa de cal y la han vaciado
dentro del ataúd. Si mi madre no estuviera extraña y distraída, le preguntaría por qué hacen
eso. No entiendo por qué tienen que hechar cal dentro de la caja. Cuando la bolsa quedó vacia,
uno de los hombres la sacudió sobre el ataúd y todavía cayeron unas últimas virutas, más
parecidas al aserrín que a la cal. Han levantado al muerto por los hombros y los pies. Tiene un
pantalón ordinario, sujeto a la cintura por una correa ancha y negra, y una camisa gris. Sólo
tiene puesto el zapato izquierdo. Está, como dice Ada, con un pie rey y el otro esclavo. El
zapato derecho está tirado a un extremo de la cama. En el lecho parecía como si el muerto
estuviera con dificultad. En el ataúd parece más cómodo, más tranquilo, y el rostro que era el
de un hombre vivo y despierto después de una pelea, ha adquirido una vuelta reposada y
segura. El perfil se vuelve suave; y es .orno si allí, en la caja, se sintiera ya en el lugar que le
corresponde como muerto. Mi abuelo ha estado moviéndose en la habitación. Ha cogido
algunos objetos y los ha colocado en la caja. He vuelto a mirar a mamá con la esperanza de
que me diga por qué mi abuelo está echando cosas en el ataúd. Pero mi madre permanece
imperturbable dentro del traje negro, y parece esforzarse por no mirar hacia el lugar donde está
el muerto. Yo también quiero hacerlo, pero no puedo. Lo miro fijamente, lo examino. Mi abuelo
echa un libro dentro del ataúd, hace una señal a los hombres y tres de ellos colocan la tapa
sobre el cadáver. Sólo entonces me siento liberado de las manos que me sujetaban la cabeza
hacia ese lado y empiezo a examinar la habitación.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

El indito Elíseo Gallardo tenía tres hijas, todas bonitas y en edad casadera. La mayor, de diecisiete años, y la menor, de catorce.

Un día recibió la visita de Natalio Salvatorres, quien había pasado varias semanas en el monte hasta lograr producir carbón por valor aproximado de cincuenta pesos. Poco le quedó, sin embargo, de este dinero, tan difícilmente ganado, después de que se hubo comprado un pantalón y una camisa, un sombrero nuevo de petate, y de pagar la cuenta que debía a la vieja que lo hospedaba.

El sábado anterior había habido un baile en el pueblo, que había durado casi hasta el amanecer. Fué en aquel baile en donde Natalio vió a las tres muchachas Gallardo, aun cuando tuvo muy pocas oportunidades de bailar con ellas, pues los otros muchachos eran más listos y decididos que él. Todo el domingo estuvo reflexionando. Cuando por fin el lunes llegó a una conclusión, necesitó del martes y del miércoles para aceptarla completamente. El jueves su idea había madurado lo suficiente y ya el viernes supo claramente lo que deseaba.

Fué precisamente en atención a esa idea por lo que se dirigió el sábado a visitar a Elíseo, el padre de las tres muchachas.

-¿Bueno, a cuál de las tres quieres? –preguntó Elíseo.

-Aquélla -dijo, señalando con un movimiento de cabeza a Sabina, la más bonita, la que tenía catorce años.

-Ya me lo imaginaba -dijo EIíseo-. Claro está que te sabría bien, no eres tan tonto. Y de paso, ¿ cómo te llamas?

Cuando Natalio hubo dado su nombre completo, que sabía pronunciar pero no escribir ni deletrear, el padre le preguntó cuánto dinero tenía.

-Veinte pesos.

Aquella cantidad equivalía al doble de lo que en realidad poseía.

-Entonces no te podrás llevar a Sabina. Yo necesito unos pantalones nuevos y la vieja no tiene zapatos. Si tan espléndido te sientes y quieres a Sabina, no esperarás que nosotros vistamos harapos. ¿Acaso ignoras quiénes semos en el pueblo? Si quieres que se 1e abran las puertas de esta casa, serán necesarios los pantalones nuevos pa mí y cuando menos unos zapatos de lona café o blanca pa la vieja. Dame un poco de tabaco.

Los cigarrillos de hoja enrollados y encendidos, Natalio dijo:

-Bueno, don Elíseo, me conformaré con esa otra.

En aquella ocasión señalaba a la mayor de las tres, que era Filomena.

-Eres bastante inteligente, Natalio. ¿En dónde trabajas?

-Tengo un burro, un burro joven y fuerte.

-¿Caballo, no?

Aquel interrogatorio referente a su situación económica le causaba malestar. Escupió varias veces sobre el piso de tierra del jacal antes de contestar.

-También tengo un tío que trabaja en un rumbo donde me han dicho que hay más de cien minas. Tan luego consiga una mujer me iré pa’llá y esperaré hasta conseguir trabajo en una mina. Mi tío se encargará de ello. El conoce bien al capataz de la cuadrilla, es casi su amigo. Pos usté no está pa saberlo, don Elíseo, pero uno puede sacar hasta tres pesos diarios en aquellas minas.

-Caray, tres pesos diarios ya son un dineral. Pero en cualquier forma, los desgraciados veinte pesos que ora tienes no servirán pa nada. Con tan poco no podemos celebrar la boda.

-¿Por qué no? -preguntó Natalio-. Una boda no costará tanto. En cuanto al cura, como no podemos pagarle, pos tendremos que hacer el asunto sin ayuda de la iglesia. Tampoco podemos pagar por la licencia de matrimonio ¿ verdad?

"Jugando con bombas" B. Traven


El indito Elíseo Gallardo tenía tres hijas, todas bonitas y en edad casadera. La mayor, de diecisiete años, y la menor, de catorce.
Un día recibió la visita de Natalio Salvatorres, quien había pasado varias semanas en el monte hasta lograr producir carbón por valor aproximado de cincuenta pesos. Poco le quedó, sin embargo, de este dinero, tan difícilmente ganado, después de que se hubo comprado un pantalón y una camisa, un sombrero nuevo de petate, y de pagar la cuenta que debía a la vieja que lo hospedaba.
El sábado anterior había habido un baile en el pueblo, que había durado casi hasta el amanecer. Fue en aquel baile en donde Natalio vio a las tres muchachas Gallardo, aun cuando tuvo muy pocas oportunidades de bailar con ellas, pues los otros muchachos eran más listos y decididos que él. Todo el domingo estuvo reflexionando. Cuando por fin el lunes llegó a una conclusión, necesitó del martes y del miércoles para aceptarla completamente. El jueves su idea había madurado lo suficiente y ya el viernes supo claramente lo que deseaba.