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miércoles, 21 de noviembre de 2012

El indito Elíseo Gallardo tenía tres hijas, todas bonitas y en edad casadera. La mayor, de diecisiete años, y la menor, de catorce.

Un día recibió la visita de Natalio Salvatorres, quien había pasado varias semanas en el monte hasta lograr producir carbón por valor aproximado de cincuenta pesos. Poco le quedó, sin embargo, de este dinero, tan difícilmente ganado, después de que se hubo comprado un pantalón y una camisa, un sombrero nuevo de petate, y de pagar la cuenta que debía a la vieja que lo hospedaba.

El sábado anterior había habido un baile en el pueblo, que había durado casi hasta el amanecer. Fué en aquel baile en donde Natalio vió a las tres muchachas Gallardo, aun cuando tuvo muy pocas oportunidades de bailar con ellas, pues los otros muchachos eran más listos y decididos que él. Todo el domingo estuvo reflexionando. Cuando por fin el lunes llegó a una conclusión, necesitó del martes y del miércoles para aceptarla completamente. El jueves su idea había madurado lo suficiente y ya el viernes supo claramente lo que deseaba.

Fué precisamente en atención a esa idea por lo que se dirigió el sábado a visitar a Elíseo, el padre de las tres muchachas.

-¿Bueno, a cuál de las tres quieres? –preguntó Elíseo.

-Aquélla -dijo, señalando con un movimiento de cabeza a Sabina, la más bonita, la que tenía catorce años.

-Ya me lo imaginaba -dijo EIíseo-. Claro está que te sabría bien, no eres tan tonto. Y de paso, ¿ cómo te llamas?

Cuando Natalio hubo dado su nombre completo, que sabía pronunciar pero no escribir ni deletrear, el padre le preguntó cuánto dinero tenía.

-Veinte pesos.

Aquella cantidad equivalía al doble de lo que en realidad poseía.

-Entonces no te podrás llevar a Sabina. Yo necesito unos pantalones nuevos y la vieja no tiene zapatos. Si tan espléndido te sientes y quieres a Sabina, no esperarás que nosotros vistamos harapos. ¿Acaso ignoras quiénes semos en el pueblo? Si quieres que se 1e abran las puertas de esta casa, serán necesarios los pantalones nuevos pa mí y cuando menos unos zapatos de lona café o blanca pa la vieja. Dame un poco de tabaco.

Los cigarrillos de hoja enrollados y encendidos, Natalio dijo:

-Bueno, don Elíseo, me conformaré con esa otra.

En aquella ocasión señalaba a la mayor de las tres, que era Filomena.

-Eres bastante inteligente, Natalio. ¿En dónde trabajas?

-Tengo un burro, un burro joven y fuerte.

-¿Caballo, no?

Aquel interrogatorio referente a su situación económica le causaba malestar. Escupió varias veces sobre el piso de tierra del jacal antes de contestar.

-También tengo un tío que trabaja en un rumbo donde me han dicho que hay más de cien minas. Tan luego consiga una mujer me iré pa’llá y esperaré hasta conseguir trabajo en una mina. Mi tío se encargará de ello. El conoce bien al capataz de la cuadrilla, es casi su amigo. Pos usté no está pa saberlo, don Elíseo, pero uno puede sacar hasta tres pesos diarios en aquellas minas.

-Caray, tres pesos diarios ya son un dineral. Pero en cualquier forma, los desgraciados veinte pesos que ora tienes no servirán pa nada. Con tan poco no podemos celebrar la boda.

-¿Por qué no? -preguntó Natalio-. Una boda no costará tanto. En cuanto al cura, como no podemos pagarle, pos tendremos que hacer el asunto sin ayuda de la iglesia. Tampoco podemos pagar por la licencia de matrimonio ¿ verdad?

"Jugando con bombas" B. Traven


El indito Elíseo Gallardo tenía tres hijas, todas bonitas y en edad casadera. La mayor, de diecisiete años, y la menor, de catorce.
Un día recibió la visita de Natalio Salvatorres, quien había pasado varias semanas en el monte hasta lograr producir carbón por valor aproximado de cincuenta pesos. Poco le quedó, sin embargo, de este dinero, tan difícilmente ganado, después de que se hubo comprado un pantalón y una camisa, un sombrero nuevo de petate, y de pagar la cuenta que debía a la vieja que lo hospedaba.
El sábado anterior había habido un baile en el pueblo, que había durado casi hasta el amanecer. Fue en aquel baile en donde Natalio vio a las tres muchachas Gallardo, aun cuando tuvo muy pocas oportunidades de bailar con ellas, pues los otros muchachos eran más listos y decididos que él. Todo el domingo estuvo reflexionando. Cuando por fin el lunes llegó a una conclusión, necesitó del martes y del miércoles para aceptarla completamente. El jueves su idea había madurado lo suficiente y ya el viernes supo claramente lo que deseaba.